Venga, va, os lo cuento. Resulta que tuve una noche de esas que se alargan más de lo necesario, y volví a casa a eso de las diez de la mañana. Hasta ahí nada demasidado extraño, sobretodo para quienes estén mínimamente familiarizados con lo que te puede pasar cuando entras en un bar que cierra a las seis de la mañana.
El caso es que, después de un delirante periplo por Vallecas (que merecería una entrada propia), vuelvo a casa, me hago un colacao, procedo a despojarme de toda la ropa que apesta a tabaco -es decir, toda la ropa- y me pongo a escuchar a toda hostia un recopilatorio de Inspiral Carpets, grupo que he redescubierto recientemente... En realidad quería poner a Mission of Burma, pero no encontraba el disco, cosa comprensible, dado mi estado.
Mientras estaba tumbado y valoraba seriamente la posibilidad de ponerme algún deuvedé de alto contenido sexual (algo de porno, vamos), suena el timbre, de manera MUY insistente. El caso es que bajo la música, me pongo una toalla para tapar el colgajo y abro la puerta... Sin comerlo ni beberlo, me encuentro con mi vecino (un activista gay de alto copete) y un operario de telefónica de acento eslavo, o similar, discutiendo a gritos en medio de mi salón sobre algo como un corte de cables y el pésimo servicio que da telefónica en la actualidad. Y yo sin nada de alcohol en casa.
Les resumo un poco y les pongo en antecedentes: la pareja de vecinos que tengo se niegan, vaya usted a saber por qué, a pagar nada de la derrama del edificio. Como yo estoy de alquiler, no me entero demasiado de que va la vaina, pero parece ser que el enfrentamiento entre vecinos empieza a adquirir ya tintes dramáticos, casi como las Guerras Clon (Star Wars, oiga) pero en Chueca. Mi vecino estaba convencido de que las y los vecinos le habían hecho la enésima putadita, es decir, le habían cortado con premeditación y alevosía el cable del teléfono, en sus breves vacaciones de agosto -¿Sitges? ¿Mykonos? ¿Frisco?... conociéndole, seguro que algo así de previsible-.
El caso es que mi vecino estaba muy alterando, así que se sube sin previo aviso a mi radiador (en realidad una placa baratilla de estas que se llaman de calor azul), abre la ventana, y empieza a sacar medio cuerpo fuera de manera muy temeraria, para intentar demostrar el sabotaje del que había sido objeto. Antes de que pudiera abrir la boca... CRASH. Radiador arrancado de la pared y al suelo. Vecino también caído al suelo, entre la mesa y el sofá. La cara del de teléfonica era un poema... no sé que le producía mayor descojono, si mis pintas con la toalla, el pelo pájaroloco y la cara de ciego, o el vecino gay espatarrado, entre varios libros, cds y mis amados deuvedés de Los Soprano. Probablemente, el cuadro completo.
Después de levantarse el vecino y volver a colocar en la mesa a mi pobre plantita -debió de detectar mi cara de odio, esa planta me acompaña desde los duros tiempos de mi estancia en Lavapiés- y también algunos CDs esparramados (no demasiados, no es muy atento el hombre), el interfecto repara en mi radiador arrancado de cuajo, y suelta: "vaya mierda, que mal te pusieron esto ¿no?". Como bien saben diversas amigas y amigos, mi homofobia (¿latente?) llevaba un tiempo en que había sufrido un preocupante repunte, pero... ustedes comprenderán, que en esas circunstancias, eslegítimo el tener ENORMES ganas de coger al gayer de mi vecino y darle un par de sopapos aunque uno sea pacifista, porque, vamos a ver, analicemos la situación fríamente...
- El sujeto llama a mi puerta a una hora intenpestiva y con verdadera furia
- Se cuela "hasta la cocina" casi sin pedir permiso, encima con invitados
- Se pone a pelearse con el "invitado" (el de Telefónica) a grito pelado, justo lo mejor para el cerebro de alguien que llega de doblete
- Me arranca de cuajo el radiador de la pared, me desparrama toda la mesa y encima me afea la conducta
Y yo que pensaba que llamaba a mi puerta para quejarse de la música... Al final, después de repetir mi vecino la operación, esta vez subiéndose a una silla sin romper nada, y conseguir encontrar el cable arrancado o cortado -ya tenemos un nuevo caso para Iker Jiménez-, el operario de Telefónica procedió a sustituir a mi aguerrido vecino en el poyete de la ventana de manera aún más temeraria, para proceder a arriesgar su vida (esto es literal) para hacer varios empalmes. Creo que era su manera de agradecer el impagable espectáculo que le estábamos dando mi vecino y yo.
Ahora el arranca-radiadores y su pareja, un inglés o así con pintas de ser adicto al sexo kinky, vuelven a tener teléfono, pero yo sigo con el radiador a ras de tierra. Me ha dicho el vecino que él me lo volvía a poner sin problemas, pero me da miedo, a ver donde se sube o donde se sujeta al intentar hacerme la ñapa, éste seguro que me rompe otra cosa....
Así que, es definitivo, en un mes me mudo de Chueca. No está el horno para bollos.