
Hay tres series que devoro con verdadera compulsión: el Abecedario del Crimen de Sue Grafton, los libros de Bevilacqua y Chamorro de Lorenzo Silva y la serie de John Rebus de Ian Rankin. Leo bastante más novela negra, pero con estos autores y con estas series me comporto como un adolescente con Harry Potter o similar.
Este fin de semana me puse verdaderamente triste, aunque ya estaba al tanto de lo que se avecinaba:
El autor se despide de su personaje en La música del adiós, epílogo de una saga de 18 títulos en pleno pico del éxito como fenómeno superventas. La trama se centra en el último caso que Rebus debe resolver diez días antes de su retirada profesional y que encara como uno más, sin ápice de sentimentalismo. La misma actitud que ha adoptado Rankin en el cierre de ese ciclo. Frente a las millonarias razones que justificarían su supervivencia, el escritor esgrime un argumento de lógica aplastante: la trayectoria del detective que irrumpió cuarentón en la literatura fue concebida "en tiempo real" y, por tanto, una vez adquirida la condición de sexagenario, la ley escocesa impone su salida de escena.
"Lo jubilé porque tenía que jubilarse. La realidad ha acabado interfiriendo en la ficción", resume entre la resignación y una cierta sorna que subraya lo borroso de la línea que separa ambos mundos: tal fue el clamor contrario a la desaparición de Rebus que incluso una diputada escocesa llegó a tantear al ministro de Justicia sobre un cambio en la legislación vigente. Sobra decir que la parlamentaria en cuestión era una fan confesa y que su inusual iniciativa no prosperó.
Este fin de semana me puse verdaderamente triste, aunque ya estaba al tanto de lo que se avecinaba:
El autor se despide de su personaje en La música del adiós, epílogo de una saga de 18 títulos en pleno pico del éxito como fenómeno superventas. La trama se centra en el último caso que Rebus debe resolver diez días antes de su retirada profesional y que encara como uno más, sin ápice de sentimentalismo. La misma actitud que ha adoptado Rankin en el cierre de ese ciclo. Frente a las millonarias razones que justificarían su supervivencia, el escritor esgrime un argumento de lógica aplastante: la trayectoria del detective que irrumpió cuarentón en la literatura fue concebida "en tiempo real" y, por tanto, una vez adquirida la condición de sexagenario, la ley escocesa impone su salida de escena.
"Lo jubilé porque tenía que jubilarse. La realidad ha acabado interfiriendo en la ficción", resume entre la resignación y una cierta sorna que subraya lo borroso de la línea que separa ambos mundos: tal fue el clamor contrario a la desaparición de Rebus que incluso una diputada escocesa llegó a tantear al ministro de Justicia sobre un cambio en la legislación vigente. Sobra decir que la parlamentaria en cuestión era una fan confesa y que su inusual iniciativa no prosperó.
Las y los lectores de novelas negra sabemos que éste es uno de los pocos géneros literarios -vale, subgénero para algunos- donde se puede hablar de política y tratar temas "sociales" sin caer en el panfleto, más que nada por la mirada descreída que suelen tener los personajes que pululan por estos libros.
Los libros de Ian Rankin contienen, en general, una lúcida mirada a diversos aspectos de la sociedad, los movimientos sociales, el nacionalismo... y la verdad es que es un poco frustrante que, al final, en ninguna de las novelas de Rebus se detalle y desarrolle su historia como militar en el Ulster, o por lo menos, en las que he leído yo -todas las traducidas al castellano- aunque se aluda a ello en diversas ocasiones.
Mención especial hay que hacer a la enorme cultura musical que despliega Ian Rankin, a través de Rebus y la carismática y atormentada Siobhan Clarke, donde se detecta una verdadera obsesión por la música de los 70. Y concretamente, se nota mucho la debilidad que tiene el autor por los Rolling Stones: tres de los libros de la serie se titulan como tres discos de la banda de Jagger y Richards (Beggars Banquet, Let It Bleed y Black and Blue).
La música del adios no defradudará a nadie que haya seguido las aventuras y desventuras del cliente más entrañable del Bar Oxford, con un montón de guiños a los forofos de la serie (algunos verdaderamente hilarantes) y una trama espléndidamente articulada. Hoy me tomo una pinta y un vaso de whisky de malta a la salud de ese madero cabrón. Ah, el whisky por supuesto sin hielo, sólo con un poco de agua...
La verdad es que hoy me siento un poco más solo, que quieren que les diga.
Rebus sic stantibus, o como dicen en intramuros, "virgencita, virgencita, que me quede como esté".
Los libros de Ian Rankin contienen, en general, una lúcida mirada a diversos aspectos de la sociedad, los movimientos sociales, el nacionalismo... y la verdad es que es un poco frustrante que, al final, en ninguna de las novelas de Rebus se detalle y desarrolle su historia como militar en el Ulster, o por lo menos, en las que he leído yo -todas las traducidas al castellano- aunque se aluda a ello en diversas ocasiones.
Mención especial hay que hacer a la enorme cultura musical que despliega Ian Rankin, a través de Rebus y la carismática y atormentada Siobhan Clarke, donde se detecta una verdadera obsesión por la música de los 70. Y concretamente, se nota mucho la debilidad que tiene el autor por los Rolling Stones: tres de los libros de la serie se titulan como tres discos de la banda de Jagger y Richards (Beggars Banquet, Let It Bleed y Black and Blue).
La música del adios no defradudará a nadie que haya seguido las aventuras y desventuras del cliente más entrañable del Bar Oxford, con un montón de guiños a los forofos de la serie (algunos verdaderamente hilarantes) y una trama espléndidamente articulada. Hoy me tomo una pinta y un vaso de whisky de malta a la salud de ese madero cabrón. Ah, el whisky por supuesto sin hielo, sólo con un poco de agua...
La verdad es que hoy me siento un poco más solo, que quieren que les diga.
Rebus sic stantibus, o como dicen en intramuros, "virgencita, virgencita, que me quede como esté".
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