
Acabo de terminar la lectura de Por amor al arte, del todoterreno Andreu Martín. Una novela bastante excesiva, en la que acabas odiando a todos y cada uno de los personajes... y si les digo la verdad, que no sé si me ha gustado o no. Sólo puedo decirles que leerla es toda una experiencia, y me ha dejado con las ganas de leer más cosas del señor Martín. Hay un texto completísimo (quizás demasiado, te desvela el final de los libros que comenta) sobre el autor, del que pongo un párrafo interesante sobre Por amor al arte:
Antes de pasar a la siguiente obra, merece la pena reproducir cómo le surgió a Martín la idea de escribir sobre el arte conceptual y por qué la consideró capaz de dar mucho juego en una novela negra:
Tuve ganas de escribir acerca del arte conceptual desde el momento en que Óscar, uno de los grandes creadores de la revista El Jueves, me habló por primera vez de esas extrañas exposiciones donde el mismo artista es la obra exhibida o donde el autor arroja por acantilados vajillas enteras de porcelana para ver cómo incide en ellas, fugazmente, efímeramente, la luz del sol. En principio, me pareció un tema banal, superficial, divertido. Cuando tuve ocasión de aproximarme al contenido político de contestación que se contiene en la teoría conceptual, intuí que la novela podía tener una dimensión social insospechada. Y, por fin, cuando tuve ocasión de hablar con artistas conceptuales, descubrí que los esquemas previos que yo había ya elaborado estaban sobradamente superados por la realidad. Cuando le mencioné a Carlos Benito, por ejemplo, la posibilidad de reflejar la agresividad del mundo actual directamente a través del asesinato, él me habló del artista austríaco, una de cuyas obras principales consistió en romperle las piernas a un ciego a bastonazos.
Relacionar este arte con el porno hard-core, que tanto dinero negro hace correr en Estados Unidos fue un paso casi elemental, e inevitable fue recurrir a la filosofía de que el dinero y el poder corrompen hasta las teorías más revolucionarias. Con todo este material entre manos, el dar forma a la novela fue relativamente sencillo. Me bastó concebirla toda, en su conjunto, como una obra conceptual más, como una performance loca y significativa, donde quien quiera, y sin necesidad de leer mucho entre líneas, pudiera ver mi visión del mundo.
Tuve ganas de escribir acerca del arte conceptual desde el momento en que Óscar, uno de los grandes creadores de la revista El Jueves, me habló por primera vez de esas extrañas exposiciones donde el mismo artista es la obra exhibida o donde el autor arroja por acantilados vajillas enteras de porcelana para ver cómo incide en ellas, fugazmente, efímeramente, la luz del sol. En principio, me pareció un tema banal, superficial, divertido. Cuando tuve ocasión de aproximarme al contenido político de contestación que se contiene en la teoría conceptual, intuí que la novela podía tener una dimensión social insospechada. Y, por fin, cuando tuve ocasión de hablar con artistas conceptuales, descubrí que los esquemas previos que yo había ya elaborado estaban sobradamente superados por la realidad. Cuando le mencioné a Carlos Benito, por ejemplo, la posibilidad de reflejar la agresividad del mundo actual directamente a través del asesinato, él me habló del artista austríaco, una de cuyas obras principales consistió en romperle las piernas a un ciego a bastonazos.
Relacionar este arte con el porno hard-core, que tanto dinero negro hace correr en Estados Unidos fue un paso casi elemental, e inevitable fue recurrir a la filosofía de que el dinero y el poder corrompen hasta las teorías más revolucionarias. Con todo este material entre manos, el dar forma a la novela fue relativamente sencillo. Me bastó concebirla toda, en su conjunto, como una obra conceptual más, como una performance loca y significativa, donde quien quiera, y sin necesidad de leer mucho entre líneas, pudiera ver mi visión del mundo.
Y bueno, ya saben de mi desmesurada afición a la caspa: les pongo una trailer de Fanny Pelopaja (que grande su entrada en la Wikipedia anglosajona, sin equivalente en la patria), adaptación cinematográfica de Prótesis, una de las mejores novelas -parece ser- de Andre Martín. Que mal trata el tiempo algunas cosas...
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